© Foto José Ignacio Soto

La conjura de los necios

Homo nescĭus

 

Como decía Cicerón, propio es de los necios el ver los vicios ajenos y olvidar los propios ¡Qué desatino el de tantos aquellos que habiendo sido paridos entre cumbres, apenas alcanzan a vislumbrar si llevan o no zapatos! Y algunos de ellos, para mayor descabello, hasta ejercen de parlanchines, empeñados en demostrar su figurado talento a cuantos ilusos se les acercan, aunque tan sólo sea por puro infortunio. Y es ahora –especialmente si a esta sopa le añadimos una pizca de admiración, un talego de obstinación y un membrillo– cuando comienza a engarzarse, por arte de birlibirloque, una cadena de sinsustanciales obstinados que se erigen reyezuelos del mayor de los despropósitos, tropezando una y otra vez con la misma piedra, perdiendo el tiempo en absurdas e infértiles trifulcas, por no hablar ya de las conversaciones, siempre tan ultrajantes como autodenigrantes, y por supuesto conducentes a un paulatino envilecimiento malgastador de oportunidades.

Y sí a alguien pudiera parecer despiadado por mi parte un preámbulo tan acerbo, les aseguro que la intención es noble; satisfago mi obligación moral de ayudar al que no ve, y no anclándolo a mi mano a perpetuidad, sino ofreciéndole al menos un bastón en el que apoyarse (que mucho me temo, a tenor de mi experiencia, que acabe siendo usado para hacer tropezar al prójimo).

Cabe decir que aunque el colectivo del arte no ostenta la exclusiva de tamaño desperfecto, sí es un habitual parroquiano de este abyecto cubil donde reina el culto a la mentecatería. Y sé que para combatirlo, es mejor ignorarlo, porque el necio, a diferencia del que no lo es, nunca cambia, y es aconsejable evitarlo en la medida de lo posible. Pero aún así, creo que no debo permitirme el lujo de no mirar atrás de vez en cuando para no perder de vista la realidad mordiente que devora nuestros cimientos culturales. El pensamiento mediocre es incoloro y carece de talento. Y para más inri, tanto esfuerzo devastador apenas deja tiempo para el trabajo y la reflexión, y de semejante vacío no se obtiene nada.

Pero también están las víctimas de los eruditos de la vacuidad, porque allí donde se revuelca un necio en estado activo, prolifera lo anodino y lo estéril.

Es realmente desolador desenmascarar a un necio tras haberle abierto puertas a opciones que nunca disfrutará a resultas de su rigidez mental, porque he de reconocer que la estulticia es engañosa y suele vestirse de ingenuidad o inocencia, cuando no es más que una pose aprendida por su petrificado y arcaico sistema de engranajes mentales, que no hace sino convertir en campo yermo todo empeño o propósito constructivo honesto.

La ignorancia es un inconveniente remedable o incluso accidental, pero cuando va embadurnada de soberbia o vanidad, persiste y es difícilmente gobernable. Algunos, como digo, intentan cuatro escaramuzas que les permitan sacar partido de su fingido talento incomprendido, desahogando una inconfesa y virulenta envidia por cualquiera que apunte virtudes y goce de la admiración de terceros, medrando entre la hojarasca a modo de merodeador nocturno,  fingiendo devoción por aquellos a quienes aún no acierta a desmerecer, conspirando y desapareciendo paulatinamente del campo de visión de todo juicioso, del que siempre, por definición, desconfía, y al que agrede a discreción. ¡Cuánto conforta saber que su babosa mordida siquiera hace mella en la robusta certidumbre del talento y el genio! Por eso, una vez más, y para no perder la ironía que tan buenos momentos me hace pasar, evoco al mordaz Samaniego –fabulista predilecto de una servidora–, con una de sus ocurrentes alegorías, la de la serpiente y la lima:

 

En casa de un cerrajero
entró la serpiente un día,
y la insensata mordía
en una lima de acero.
Díjole la lima: «El mal,
necia, será para ti;
¿Cómo has de hacer mella en mí
que hago polvos el metal?»
Quien pretende sin razón
al más fuerte derribar,
no consigue sino dar
coces contra el aguijón.