De cuando el arte perdió el alma

 

Vasili Kandinsky (1866-1944), uno de los más conocidos precursores de la así denominada «abstracción lírica», se refería a la espiritualidad como una suerte de energía profética y vivificadora capaz de provocar una vibración del sentimiento. Su manera de entender el arte entraba de lleno en el universo de la experiencia interior de un artista, muy en consonancia con lo que el filósofo francés Michel Henry defendía, entendiendo el arte como manifestación de la subjetividad absoluta; un sentirse a sí mismo desligado del mundo exterior, totalmente liberado de influencias.

Y a este respecto, tomo distancia y regreso irremediablemente al sentir romántico, vehemente, profundo y desbordado por naturaleza, afín a mí. El eterno anhelo, como rasgo inherente a su esencia. Devoto de lo espiritual, que se erige a modo de oráculo para revelar vías de entendimiento y consiguiente aceptación de la vida, para así trascender la crudeza de una desgarradora realidad y entrar de lleno en parajes eternos. Y es aquí cuando accedemos al fabuloso territorio de la mística, como manifiesta protesta ante formas de arte tan predecibles como estereotipadas. Su proclama exaltaba la turbación y el desasosiego como forma sublime de belleza y discordante con conceptos más encorsetados y casi siempre esclavizados por las rigurosas exigencias académicas imperantes del neoclasicismo.

Los artistas románticos se mueven en el territorio del desconcierto y la conmoción, buscando representar y transmitir estados emocionales sin depurar, especialmente aquellos que revelan turbación. Un arte ciertamente perturbador provisto de alma, que desafiaba la perfección técnica para deliberadamente optar por lo inacabado, lo metafórico o lo anecdótico, despreciando el componente objetivo para zambullirse de lleno en el universo del artista, en la experiencia del sentimiento.

Ese sentimiento romántico se consagra por tanto a la espiritualidad en un libre ejercicio de fantasía e impulsividad personal donde no suelen faltar guiños al componente mágico. Eludir la realidad cotidiana y alimentar el sueño de trascendencia, buscar –y sobre todo representar– la experiencia extática, en un constante y apasionado ejercicio de exploración de la propia esencia.

El arte debe conmover, eso es para mí irrefutable.

Y es que las emociones forman parte de la naturaleza de todo ser viviente (no quiero ser tan arrogante como para osar ceñirme a la especie humana). Son parte sustancial de nuestra esencia y la forma más genuina y veraz de rebeldía ante lo convencional.

Prueba clara de ello es que, ante la falta de entendimiento, prepondera el sentimiento. El primero es cuestionable. El segundo, nunca lo es. La emoción invade el alma y permite acceder a territorios inexplorados inaccesibles a la razón. Y si todo esto no es competencia del artista ¿de quién lo es?